Hace pocos días, los naturalistas sean cuales sean nuestros orígenes y formación recordamos que 35 años atrás, de manera repentina, quedamos huérfanos de la palabra, el gesto y la pasión de ese gran mentor nuestro que fue Félix Rodríguez de la Fuente. El gélido aire de las altas latitudes norteñas nos robó su aliento la mañana de un 14 de marzo, allá por 1980. Fue como el último empujón que un animal salvaje le da a su vástago para que inicie su andadura en el aventurado mundo que le tocará vivir, sin la protección que hasta entonces le ha brindado, sin más calor que el que genere su cuerpo, sin más cobijo en ocasiones que su propia piel, pero también sin límites al horizonte que quiera trazar.
La aparición de Félix en nuestro mapa mental de incipientes naturalistas, aprendices del vivir existente y salvaje, que descubríamos más allá de nuestros cómodos hogares, supuso un aldabonazo en nuestras latentes conciencias. Referente indiscutible para una generación hoy veterana, fue sin lugar a dudas el "padre" emocional de toda una legión de naturalistas, cuya vocación posiblemente no habría encontrado un terreno tan fértil para su desarrollo si él no hubiera existido. La España en la que germinó su inquieta mente, era por aquel entonces un insensible erial para todo lo que supusiera un freno al sacrosanto desarrollo económico, poner en valor todo aquello que precisamente se deseaba dejara atrás por no decir erradicar como símbolo de retraso socioeconómico, podía tildarse como poco de majadería.
Sin embargo, frente a todo pronóstico para una persona de bien, como se solía calificar a aquellos que habían tenido la suerte de nacer en cómoda cuna, Félix se lanzo a su personal cruzada naturalista para demostrar que precisamente en conservar aquello en lo que se ponía tanto empeño en destruir, radicaba el futuro de la sociedad, sea a la escala que fuere esta situación. Y el tiempo le ha dado la razón.
Para una persona nacida en la profunda y oscura Castilla de entonces, el reto que se le planteaba suponía una proeza de dimensiones casi imposibles. A ello se lanzó, sabiendo que de jugar bien sus cartas y de sus arrojo personal iba a depender su éxito. El resto de la historia, sus logros y hazañas hasta conseguir alcanzar lo que siempre deseo, para algunos roza casi la leyenda, para otros, como suele ocurrir en este país tan amigo del desprestigio de lo brillante, tan solo es el fruto del oportunismo de un momento que supo aprovechar. Curioso esto último, pues muchos de aquellos que así lo han calificado incluso hasta hoy día, no han sido capaces de emularle en la mayoría de sus logros, a pesar de contar con mejores medios y a pesar de que paradójicamente, su desaparición les dejo allanado el camino.
Más allá del mito o la leyenda, me quedo con lo que supo transmitir a todos lo que hoy día nos consideramos herederos de ese espíritu integrador y holístico, la fuerza y lealtad que siempre demostró a la hora de proteger lo que más amó, la naturaleza, que no es otra cosa que nosotros mismos. Los miles de personas que siguen luchando cada día por conservarla son testigos de ello.
Buen trabajo, querido amigo. Descansa en paz.
Una mirada reflexiva sobre lo que me ocupa y preocupa en cuestiones ambientales y de conservación de la naturaleza
lunes, 16 de marzo de 2015
martes, 20 de enero de 2015
Naturaleza racional
Desde hace algún tiempo, el medio natural se está convirtiendo en el soporte físico de una gran variedad de actividades al aíre libre qué, si son respetuosas con él no tengo nada que objetar. El problema viene como ya está ocurriendo con cada vez mayor frecuencia, en el reclamo que supone para estas actividades el que se desarrollen en parajes de gran belleza. Lógicamente pocos son los que pueden resistirse a ese disfrute, sea como participantes o como meros espectadores, la naturaleza gusta a la gran mayoría de la gente. Pero, ¿que ocurre cuando sumamos el impacto de la actividad per se, a la masificación que a ésta suele acompañar, ubicada en un espacio frágil?. La respuesta no es difícil de imaginar desde luego en la mayoría de los casos.
La popularidad de estas actividades no puede imponerse a la conservación, por varias motivos sería una sin razón que esto sucediera. La principal es que si ello supone, como así sucede, un perjuicio para las especies o el hábitat en sí, el fin básico para el que se crearon estos espacios protegidos estaría mas que en entredicho. Y esto es lo que está empezando a suceder. Preservar estos espacios debe ser prioritario tanto por el coste que supone para el erario público su mantenimiento, como por el enorme beneficio que aporta a la sociedad en su conjunto, ya que son proveedores de bienes y servicios vitales para nuestra calidad de vida como el agua o el aíre limpio, entre otros muchos, por no decir el del necesario sosiego mental que todos necesitamos.
Ademas, permitir que esto siga sucediendo tiene el riesgo del efecto llamada que lleva aparejado, algo que está ya sucediendo. Hay multitud de ejemplos de todo ello por toda la geografía peninsular, pero me voy a referir a un par de ejemplos suficientemente ilustrativos. Desde hace varios años, en pleno Parque Natural de Somiedo (Asturias), enclave del amenazado oso pardo entre otras especies sensibles, se celebra una carrera de montaña que congrega a miles de asistentes. Es indudable que el impacto que supone para el entorno y las especies que en él habitan es más que alto, no hay si no imaginar a esas miles de personas accediendo por pistas y caminos en vehículos, con su cohorte de ruido y residuos, que aún presuponiendo el mayor esfuerzo que la organización y cada asistente hiciera en su reducción, por fuerza es contundente. A esto se añade la vulnerabilidad a la erosión de estos enclaves y la época, previa y vital para afrontar la hibernación del oso,
Es un ejemplo entre muchos, en algunos casos además, con nocturnidad...
, y probablemente no uno de los de mayor impacto, sobre todo si lo comparamos con el que se va a producir si no se consigue evitar, el último fin de semana de este mes en el santuario del lince ibérico, en pleno corazón del Parque Natural Sierra de Andújar. ¿Alguien puede imaginar el estruendo de cientos, tal vez miles de motocicletas, como esperan sus organizadores, en un lugar tan sensible para una especie al borde de la extinción? ¿alguien puede entender que esto suceda y afecte a una especie a la que la Unión Europea destina millones de euros para su conservación a través de sendos programas Life? ¿sería concebible en un país calificable en el amplio sentido, como desarrollado?. Me costaría creer que tamaño despropósito, pudiera entenderse y menos tolerarse en otra sociedad más evolucionada socialmente. Pero mucho me temo que se celebrará el evento, a menos que la cordura impere frente a la estulticia.
La carretera de acceso al Santuario tiene una limitación de velocidad a 40 km/h para evitar atropellos de linces, algo que pocos vehículos respetan como se aprecia cuando se transita por ella, Sería más que ingenuo pensar que los conductores de estas motocicletas vayan a hacerlo, de eso no me cabe la menor duda. Menos mal que el ensordecedor estrépito de tantos motores al unísono aterrorizará tanto a la fauna que difícilmente esto podría ocurrir, aunque no es imposible, pues en fechas de la romería ya se han producido atropellos de lince.
A pesar de todo, quizás lo que peor pueda suponer, es el mal ejemplo que representa para una sociedad hacia la que se hacen continuos esfuerzos para sensibilizarla en materia de medio ambiente, por parte de ONG y Administración, a través de programas y subvenciones. Las Administraciones deben dejar de emitir ese mensaje contradictorio, alejarse de la cobardía política que le impone tomar medidas que a priori puedan resultar impopulares, pero que van encaminadas al bien común y al buen vivir de la mayoría social. De lo contrario, como así está sucediendo con actuaciones permisivas de este tipo, son cómplices de los resultados producidos. La democracia traducida en una buena gobernanza, no puede ser entendida a través del miedo que representa la perdida de un puñado de votos.
Hay que reflexionar seria y profundamente sobre cual es el mensaje que se le está trasladando a la ciudadanía. Si queremos convertir estos escasos y valiosos enclaves en un parque temático, degradándolos con continuas actividades que impacten el medio natural, donde los "derechos" de unos poco se impongan a los de una mayoría (y ya hablaremos de la caza en otra entrada), adelante. Pero si lo que queremos es una sociedad más ética y educada en valores como el respeto por el entorno natural y los seres vivos que de ello dependen para sobrevivir, informada de la importancia que para nuestro bienestar supone el mantenimiento de los servicios ambientales que nos ofrece su correcta conservación, si continuamos así, si seguimos permitiendo estas actividades en lugares sensibles, elegiremos el camino equivocado.
Quede bien claro que no me estoy oponiendo a la práctica de estas actividades, simplemente existen multitud de espacios con menor valor ambiental, donde podrían celebrarse igualmente sin causar ese impacto. Si los comparamos con la totalidad del territorio que nuestra sociedad ha transformado o destruido, donde pocas especies salvajes pueden subsistir, hemos relegado la naturaleza salvaje a unos cuantos pequeños enclaves. Seamos racionales, deberíamos permitir que esos reductos naturales como mínimo sigan siendo esas "islas" donde refugiarnos al igual que sus moradores salvajes, de la voracidad ruidosa de nuestro modelo urbano, de esa vorágine diaria de la que necesitamos escapar en busca del sosiego que nos permita encontrar respuestas. Seamos racionales, en el fondo todos lo necesitamos, a todos nos gustaría que así fuera.
La popularidad de estas actividades no puede imponerse a la conservación, por varias motivos sería una sin razón que esto sucediera. La principal es que si ello supone, como así sucede, un perjuicio para las especies o el hábitat en sí, el fin básico para el que se crearon estos espacios protegidos estaría mas que en entredicho. Y esto es lo que está empezando a suceder. Preservar estos espacios debe ser prioritario tanto por el coste que supone para el erario público su mantenimiento, como por el enorme beneficio que aporta a la sociedad en su conjunto, ya que son proveedores de bienes y servicios vitales para nuestra calidad de vida como el agua o el aíre limpio, entre otros muchos, por no decir el del necesario sosiego mental que todos necesitamos.
Ademas, permitir que esto siga sucediendo tiene el riesgo del efecto llamada que lleva aparejado, algo que está ya sucediendo. Hay multitud de ejemplos de todo ello por toda la geografía peninsular, pero me voy a referir a un par de ejemplos suficientemente ilustrativos. Desde hace varios años, en pleno Parque Natural de Somiedo (Asturias), enclave del amenazado oso pardo entre otras especies sensibles, se celebra una carrera de montaña que congrega a miles de asistentes. Es indudable que el impacto que supone para el entorno y las especies que en él habitan es más que alto, no hay si no imaginar a esas miles de personas accediendo por pistas y caminos en vehículos, con su cohorte de ruido y residuos, que aún presuponiendo el mayor esfuerzo que la organización y cada asistente hiciera en su reducción, por fuerza es contundente. A esto se añade la vulnerabilidad a la erosión de estos enclaves y la época, previa y vital para afrontar la hibernación del oso,
Es un ejemplo entre muchos, en algunos casos además, con nocturnidad...
, y probablemente no uno de los de mayor impacto, sobre todo si lo comparamos con el que se va a producir si no se consigue evitar, el último fin de semana de este mes en el santuario del lince ibérico, en pleno corazón del Parque Natural Sierra de Andújar. ¿Alguien puede imaginar el estruendo de cientos, tal vez miles de motocicletas, como esperan sus organizadores, en un lugar tan sensible para una especie al borde de la extinción? ¿alguien puede entender que esto suceda y afecte a una especie a la que la Unión Europea destina millones de euros para su conservación a través de sendos programas Life? ¿sería concebible en un país calificable en el amplio sentido, como desarrollado?. Me costaría creer que tamaño despropósito, pudiera entenderse y menos tolerarse en otra sociedad más evolucionada socialmente. Pero mucho me temo que se celebrará el evento, a menos que la cordura impere frente a la estulticia.
La carretera de acceso al Santuario tiene una limitación de velocidad a 40 km/h para evitar atropellos de linces, algo que pocos vehículos respetan como se aprecia cuando se transita por ella, Sería más que ingenuo pensar que los conductores de estas motocicletas vayan a hacerlo, de eso no me cabe la menor duda. Menos mal que el ensordecedor estrépito de tantos motores al unísono aterrorizará tanto a la fauna que difícilmente esto podría ocurrir, aunque no es imposible, pues en fechas de la romería ya se han producido atropellos de lince.
A pesar de todo, quizás lo que peor pueda suponer, es el mal ejemplo que representa para una sociedad hacia la que se hacen continuos esfuerzos para sensibilizarla en materia de medio ambiente, por parte de ONG y Administración, a través de programas y subvenciones. Las Administraciones deben dejar de emitir ese mensaje contradictorio, alejarse de la cobardía política que le impone tomar medidas que a priori puedan resultar impopulares, pero que van encaminadas al bien común y al buen vivir de la mayoría social. De lo contrario, como así está sucediendo con actuaciones permisivas de este tipo, son cómplices de los resultados producidos. La democracia traducida en una buena gobernanza, no puede ser entendida a través del miedo que representa la perdida de un puñado de votos.
Hay que reflexionar seria y profundamente sobre cual es el mensaje que se le está trasladando a la ciudadanía. Si queremos convertir estos escasos y valiosos enclaves en un parque temático, degradándolos con continuas actividades que impacten el medio natural, donde los "derechos" de unos poco se impongan a los de una mayoría (y ya hablaremos de la caza en otra entrada), adelante. Pero si lo que queremos es una sociedad más ética y educada en valores como el respeto por el entorno natural y los seres vivos que de ello dependen para sobrevivir, informada de la importancia que para nuestro bienestar supone el mantenimiento de los servicios ambientales que nos ofrece su correcta conservación, si continuamos así, si seguimos permitiendo estas actividades en lugares sensibles, elegiremos el camino equivocado.
Quede bien claro que no me estoy oponiendo a la práctica de estas actividades, simplemente existen multitud de espacios con menor valor ambiental, donde podrían celebrarse igualmente sin causar ese impacto. Si los comparamos con la totalidad del territorio que nuestra sociedad ha transformado o destruido, donde pocas especies salvajes pueden subsistir, hemos relegado la naturaleza salvaje a unos cuantos pequeños enclaves. Seamos racionales, deberíamos permitir que esos reductos naturales como mínimo sigan siendo esas "islas" donde refugiarnos al igual que sus moradores salvajes, de la voracidad ruidosa de nuestro modelo urbano, de esa vorágine diaria de la que necesitamos escapar en busca del sosiego que nos permita encontrar respuestas. Seamos racionales, en el fondo todos lo necesitamos, a todos nos gustaría que así fuera.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Seguiremos creyendo
Una vez más, otro más, llega el final de eso que nos han dado en definir como un año. Ese periodo de tiempo en el que nos empeñamos que encajen todos los deseos e ilusiones que, vuelto a empezar en poco, renovaremos como un encantamiento, esperando que ésta vez sí, se cumpla todo aquello anhelado, todo aquello que el que nos deja, se negó a entregarnos.
Pero el año tiene ya prisa. Ahora, decrepito y sin espacio para poco más que un suspiro, quiere entregar el relevo al 2015, gestado en nuestros sueños de esperanza. Nosotros queremos creer que esta vez sí se cumplirán, y nos lo diremos callados hacia dentro. Yo quiero, pero...¿ por donde empiezo?, ésta es mi sencilla carta:
Quiero creer que este 2015, no nos volverán a encoger el corazón a todos los que amamos la Naturaleza con más matanzas de lobos (ellos o nosotros, gritan algunos) y por fin es declarada especie protegida en todo el territorio nacional como ya lo es en la hermana Portugal.
Quiero creer que cesaran atropellos, envenenamientos, cepos, y que más..., que suceden ante la desidia de quienes dicen velar por la conservación de especies tan amenazadas como "nuestro" lince ibérico, lanzando pelotas a tejados ajenos para eludir su patente responsabilidad, a pesar de ser sufragada con dinero público.
Quiero creer que por fin la sociedad materialista, ésta a la que todos contribuimos a mantener, ha oído el grito que nuestra común madre ha lanzado, advirtiéndonos que se está cansando de ser amable, que a su acogedor clima, el que nos da la vida, se le está acabando el aliento.
Quiero creer que seremos benévolos con aquellos pueblos indígenas que aún saborean la verdadera libertad, esos que escondidos de nuestra voracidad acumuladora de bienes materiales, nos dan lecciones de ser, frente a la tristeza de sólo tener. Esos pueblos que de felices, aún creemos salvajes y que no nos atreveríamos a mirar a los ojos, para no descubrir la necedad tan obvia en la que subsistimos. Esos a los que nadie puede enseñar lo que ya saben, conservar, proteger, cuidar.
Quiero creer que algún día mis ojos dejarán de estar heridos por las cicatrices que mutilan los paisajes, causados por infraestructuras desmesuradas, interesadas, que enjaulan la vida salvaje, profanan montañas, sepultan bosques...
Quiero creer que habrá otros que puedan tener la suerte, que he tenido viajando por este precioso y preciado planeta, porque aún existan, de respirar lugares lejanos, agrestes, inhóspitos, verdaderos.
Quiero creer que no cambiaremos más petroleo por sangre, ni la de nuestra especie ni la de ninguna, que quedarán como restos de la pesadilla, lo que hoy nos tiñen de oportunidades, como el fracking o las explotaciones costeras, que sus intereses privados no podrán con los públicos de las renovables, con el aire limpio, con la vida libre, con la clara agua.
Quiero creer que a pesar del miedo mamado templadamente, seremos capaces de ser valientes y levantarnos para luchar por el derecho a la vida con mayúsculas, la nuestra y la de todos los seres que aún comparten este maravilloso planeta.
Quiero creer que para todo eso, se unirán más y más gente cada día, que no nos faltarán las fuerzas, que seguiremos adelante eludiendo el desaliento otro año más.
Quiero creer que no volverán a dormirnos, no porque carezcamos de sueño..., ¡sino porque estaremos atentos!
Feliz 2015.
Pero el año tiene ya prisa. Ahora, decrepito y sin espacio para poco más que un suspiro, quiere entregar el relevo al 2015, gestado en nuestros sueños de esperanza. Nosotros queremos creer que esta vez sí se cumplirán, y nos lo diremos callados hacia dentro. Yo quiero, pero...¿ por donde empiezo?, ésta es mi sencilla carta:
Quiero creer que este 2015, no nos volverán a encoger el corazón a todos los que amamos la Naturaleza con más matanzas de lobos (ellos o nosotros, gritan algunos) y por fin es declarada especie protegida en todo el territorio nacional como ya lo es en la hermana Portugal.
Quiero creer que cesaran atropellos, envenenamientos, cepos, y que más..., que suceden ante la desidia de quienes dicen velar por la conservación de especies tan amenazadas como "nuestro" lince ibérico, lanzando pelotas a tejados ajenos para eludir su patente responsabilidad, a pesar de ser sufragada con dinero público.
Quiero creer que por fin la sociedad materialista, ésta a la que todos contribuimos a mantener, ha oído el grito que nuestra común madre ha lanzado, advirtiéndonos que se está cansando de ser amable, que a su acogedor clima, el que nos da la vida, se le está acabando el aliento.
Quiero creer que seremos benévolos con aquellos pueblos indígenas que aún saborean la verdadera libertad, esos que escondidos de nuestra voracidad acumuladora de bienes materiales, nos dan lecciones de ser, frente a la tristeza de sólo tener. Esos pueblos que de felices, aún creemos salvajes y que no nos atreveríamos a mirar a los ojos, para no descubrir la necedad tan obvia en la que subsistimos. Esos a los que nadie puede enseñar lo que ya saben, conservar, proteger, cuidar.
Quiero creer que algún día mis ojos dejarán de estar heridos por las cicatrices que mutilan los paisajes, causados por infraestructuras desmesuradas, interesadas, que enjaulan la vida salvaje, profanan montañas, sepultan bosques...
Quiero creer que habrá otros que puedan tener la suerte, que he tenido viajando por este precioso y preciado planeta, porque aún existan, de respirar lugares lejanos, agrestes, inhóspitos, verdaderos.
Quiero creer que no cambiaremos más petroleo por sangre, ni la de nuestra especie ni la de ninguna, que quedarán como restos de la pesadilla, lo que hoy nos tiñen de oportunidades, como el fracking o las explotaciones costeras, que sus intereses privados no podrán con los públicos de las renovables, con el aire limpio, con la vida libre, con la clara agua.
Quiero creer que a pesar del miedo mamado templadamente, seremos capaces de ser valientes y levantarnos para luchar por el derecho a la vida con mayúsculas, la nuestra y la de todos los seres que aún comparten este maravilloso planeta.
Quiero creer que para todo eso, se unirán más y más gente cada día, que no nos faltarán las fuerzas, que seguiremos adelante eludiendo el desaliento otro año más.
Quiero creer que no volverán a dormirnos, no porque carezcamos de sueño..., ¡sino porque estaremos atentos!
Feliz 2015.
lunes, 14 de julio de 2014
Se nos apaga el campo...
Viene pasando, silenciosamente el campo se va yendo, esta ahí pero su alegría, se apaga. Recuerdo cuando era niño, o quizás no hace tanto, tal vez hace menos de 20 años, no sé el tiempo pasa tan rápido... salia al campo, no hacia falta que fuera lejos, y no estabas solo, miles de seres te hacían compañía con un sinfín de sonidos en un acorde armónico.El invierno se hacía el sordo y casi siempre era el ulular del viento, que acuchillaba el frío entre las ramas de los árboles o sobre la tierra calma, el único compañero en los cortos días para caminar. Pero esperabas porque sabías que, en primavera la danza del viento te embelesaría con miles de trinos emanados de un ejercito de minúsculas gargantas que hacían deleitar a las almas más nobles o serenar inquietudes calladas.
A veces, en el crepitar seco del verano sureño, el dominio del aire pertenecía al chirrido de grillos, saltamontes, cigarras, etc, mezclado con la monocorde llamada del triguero o la abubilla, mientras con un silbido fugaz pasaban la golondrinas. Cuando para saciar la sed te acercabas a un manantial o fuente que la sabiduría milenaria de la gente de campo descubría y sabía mantener, el espejo del agua se rompía con los saltos de las ranas o la repentina inmersión de algún tritón. Luego llegaba el otoño, que generoso abre su vientre para entregar el sueño esperado del agua, nuestra segunda primavera, regalo esperado para los que tenemos la suerte de vivir en estas latitudes. Un regalo quizás como pago por el voraz estiaje, implacable justiciero, hermanastro de gélido aliento que sufren en lejanos nortes. Y vuelta a empezar...
Pero desde hace algún tiempo, algo esta pasando. Cualquiera que recorra su antaño "área de campeo" como acabo de describir, sabe que ahora está más solo. Una soledad que muestra el vaciado de biodiversidad que se está produciendo silenciosamente, que estamos produciendo. Para algunos, desconectados vía auriculares, "pantalladictos" que sólo usan el medio natural como soporte físico de sus actividades de ocio, todo ello pasa desapercibido. Para otros, los que cada semana nos sumergimos en la naturaleza, a los que nos faltan ojos y tiempo para seguir desentrañando sus misterios empapándonos del entorno, es una evidencia. Y no hay que ir muy lejos para ser testigo.
Volviendo a lo comentado en las primeras líneas, recuerdo las hileras de golondrinas o aviones, posados en los cables de teléfono o de electricidad que surcaban las calles, sus apegotonados nidos bajo las cornisas de casas y otros edificios de nuestros pueblos. Esta sencilla imagen es cada día más escasa, salvo contadas excepciones. Las golondrinas se nos van yendo, y no precisamente a sus cuarteles de invernada, simplemente están desapareciendo ante nuestros ojos. En ocasiones, simplemente nos molestan sus nidos, así que los eliminamos de las fachadas, en aras de una estéril "estética". Los datos indican un descenso entre 1990 y 2011 del 35% en toda Europa, ahí es nada.
Lo mismo está sucediendo con otras entrañables aves, como esos simpáticos vigías campestres que son los mochuelos, un 40% menos según estimaciones.

Incluso los sempiternos gorriones, tan ligados a la presencia humana desde tiempo inabarcable, compañeros de viaje durante muchas generaciones tanto en el medio rural como en las áreas periurbanas de las ciudades. Hay ciudades europeas donde ya no se les ve, quizá vayamos camino de ello aquí también.
Otro tanto puede observarse con otros grupos faunisticos como reptiles o anfibios. Recuerdo que hasta no hace demasiado tiempo, cualquier solar o muro era territorio compartido por una multitud de lagartijas. Sus fugaces correrías eran fuente de divertimento para la incansable curiosidad infantil, antes claro está, de que esta inquietud fuera sustituida y redirigida intencionadamente hacia artefactos tecnológicos más "útiles" y prácticos para su futuro "adiestramiento". Ahora resulta hasta difícil verlas, incluso en los campos más apartados del contacto humano directo. Si nos acercamos a aljibes, fuentes o albercas, que con sus vitales funciones son base de huertos y afines, pocas ya cuentan con la simpática presencia de esos minúsculos dragones acuáticos que son los tritones. He comprobado como durante años han ido declinando sus poblaciones en territorios donde eran abundantes, incluso hasta llegar a su total desaparición. Tampoco ha de "temer" casi nadie, el cruce casual de una culebra cuando se transita por los caminos.
Detrás de todo como siempre, esta el cambio climático, la destrucción o alteración de sus hábitats o la transformación del medio rural hacia modelos cada vez más productivistas e intensivos, donde sencillamente no hay sitio para ellos ni para el mundo rural que les cobijó. Simplemente, ya no les dejamos vivir a nuestro lado. Esto nos debería llevar a reflexionar que su pérdida no solo refleja también la de un valioso patrimonio natural y por añadidura cultural, además nos muestra como un espejo, la falta de compasión que los seres humanos estamos demostrando incluso con aquellos otros seres, cuya humilde presencia nos han beneficiado de una forma u otra a lo largo de la historia.
A veces, en el crepitar seco del verano sureño, el dominio del aire pertenecía al chirrido de grillos, saltamontes, cigarras, etc, mezclado con la monocorde llamada del triguero o la abubilla, mientras con un silbido fugaz pasaban la golondrinas. Cuando para saciar la sed te acercabas a un manantial o fuente que la sabiduría milenaria de la gente de campo descubría y sabía mantener, el espejo del agua se rompía con los saltos de las ranas o la repentina inmersión de algún tritón. Luego llegaba el otoño, que generoso abre su vientre para entregar el sueño esperado del agua, nuestra segunda primavera, regalo esperado para los que tenemos la suerte de vivir en estas latitudes. Un regalo quizás como pago por el voraz estiaje, implacable justiciero, hermanastro de gélido aliento que sufren en lejanos nortes. Y vuelta a empezar...
Pero desde hace algún tiempo, algo esta pasando. Cualquiera que recorra su antaño "área de campeo" como acabo de describir, sabe que ahora está más solo. Una soledad que muestra el vaciado de biodiversidad que se está produciendo silenciosamente, que estamos produciendo. Para algunos, desconectados vía auriculares, "pantalladictos" que sólo usan el medio natural como soporte físico de sus actividades de ocio, todo ello pasa desapercibido. Para otros, los que cada semana nos sumergimos en la naturaleza, a los que nos faltan ojos y tiempo para seguir desentrañando sus misterios empapándonos del entorno, es una evidencia. Y no hay que ir muy lejos para ser testigo.
Volviendo a lo comentado en las primeras líneas, recuerdo las hileras de golondrinas o aviones, posados en los cables de teléfono o de electricidad que surcaban las calles, sus apegotonados nidos bajo las cornisas de casas y otros edificios de nuestros pueblos. Esta sencilla imagen es cada día más escasa, salvo contadas excepciones. Las golondrinas se nos van yendo, y no precisamente a sus cuarteles de invernada, simplemente están desapareciendo ante nuestros ojos. En ocasiones, simplemente nos molestan sus nidos, así que los eliminamos de las fachadas, en aras de una estéril "estética". Los datos indican un descenso entre 1990 y 2011 del 35% en toda Europa, ahí es nada.
Lo mismo está sucediendo con otras entrañables aves, como esos simpáticos vigías campestres que son los mochuelos, un 40% menos según estimaciones.

Incluso los sempiternos gorriones, tan ligados a la presencia humana desde tiempo inabarcable, compañeros de viaje durante muchas generaciones tanto en el medio rural como en las áreas periurbanas de las ciudades. Hay ciudades europeas donde ya no se les ve, quizá vayamos camino de ello aquí también.Otro tanto puede observarse con otros grupos faunisticos como reptiles o anfibios. Recuerdo que hasta no hace demasiado tiempo, cualquier solar o muro era territorio compartido por una multitud de lagartijas. Sus fugaces correrías eran fuente de divertimento para la incansable curiosidad infantil, antes claro está, de que esta inquietud fuera sustituida y redirigida intencionadamente hacia artefactos tecnológicos más "útiles" y prácticos para su futuro "adiestramiento". Ahora resulta hasta difícil verlas, incluso en los campos más apartados del contacto humano directo. Si nos acercamos a aljibes, fuentes o albercas, que con sus vitales funciones son base de huertos y afines, pocas ya cuentan con la simpática presencia de esos minúsculos dragones acuáticos que son los tritones. He comprobado como durante años han ido declinando sus poblaciones en territorios donde eran abundantes, incluso hasta llegar a su total desaparición. Tampoco ha de "temer" casi nadie, el cruce casual de una culebra cuando se transita por los caminos.
Detrás de todo como siempre, esta el cambio climático, la destrucción o alteración de sus hábitats o la transformación del medio rural hacia modelos cada vez más productivistas e intensivos, donde sencillamente no hay sitio para ellos ni para el mundo rural que les cobijó. Simplemente, ya no les dejamos vivir a nuestro lado. Esto nos debería llevar a reflexionar que su pérdida no solo refleja también la de un valioso patrimonio natural y por añadidura cultural, además nos muestra como un espejo, la falta de compasión que los seres humanos estamos demostrando incluso con aquellos otros seres, cuya humilde presencia nos han beneficiado de una forma u otra a lo largo de la historia.
sábado, 18 de enero de 2014
La importancia de ir de (eco)etiquetas
Los seres humanos tenemos la necesidad de etiquetar todo lo que nos rodea para poder encajarlo dentro de nuestro universo personal. Conocer el orden de referencia que tiene cada cosa nos es fundamental para saber de donde procede y que relación puede guardar con nosotros o viceversa. Nos gusta identificarnos con marcas y logos que representan ideas, estéticas o simplemente modas. En definitiva, etiquetas al fin y al cabo. Por esta razón, me resulta cuando menos curioso que para los que albergamos el sentido de algo que identifique nuestra actitud positiva ante la vida o la naturaleza, que es lo mismo, sea tan desconocido para la mayoría de nosotros. Con frecuencia nos sorprendamos cuando descubrimos que el solo gesto de identificar a través de una etiqueta el producto que tenemos delante puede marcar y mucho, la diferencia en nuestro impacto en el medio natural. Me estoy refiriendo a la etiqueta de ecológico o sostenible.
Hace ya bastantes años, cuando tuve que comprar algunos muebles para casa, comprobé cuan difícil es encontrar éstos si buscas que la madera con la que están fabricados se halle certificada en origen con alguno de las etiquetas que lo refrendan en el mercado. Tuve que recorrer muchas tiendas para encontrar tan solo una de casi medio centenar en más de una ciudad, donde sí habían oído hablar de este tema. No obstante, su propietaria me confeso que era la primera vez que alguien le había pedido algo similar. Así pues, y con no poca sorpresa ante mi petición, accedió a buscarme alguna referencia en catálogos internacionales. He de reconocer que los precios casi me disuaden de ello, pero afortunadamente, el criterio ético prevaleció frente al económico a pesar de que por aquel entonces no era muy bollante, y hoy miro con satisfacción mi pequeña contribución a la sostenibilidad del planeta, sobre la cual escribo ahora estas líneas.
Desde entonces, hace ya casi diez años, he comprobado con satisfacción como tímidamente la percepción de los fundamentos sostenibles para producir bienes o alimentos ha crecido, si bien continua siendo privativa esta percepción de unos pocos, algunos más que entonces, que nos preguntamos como contribuir a través de nuestro consumo a la mejora de la calidad ambiental. Si bien es cierto que corren tiempos para mirar no con lupa sino hasta con miscroscópio los gastos para la gran mayoría, no lo es menos que a veces preferimos gastar lo que nos ahorramos en esa diferencia en otros artículos, que generalmente no necesitamos de verdad, y de eso se encarga la publicidad.
Entre estas "etiquetas" hay algunos ejemplos bien conocidos ya de todo ello, entre los que quizás sean los certificados FSC y MSC por un lado y UTZ por otro, los que más me gustarían comentar por su más directa incidencia sobre los entornos donde se hallan sus actividades.
El FSC identifica al Consejo de Administración Forestal (Forest Stewardship Council) que es una ONG de acreditación y certificación fundada en 1993 por varias organizaciones, entes gubernamentales, comerciales y ambientales tales como el Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza, más conocido por sus siglas internacionales, WWF.
El FSC identifica al Consejo de Administración Forestal (Forest Stewardship Council) que es una ONG de acreditación y certificación fundada en 1993 por varias organizaciones, entes gubernamentales, comerciales y ambientales tales como el Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza, más conocido por sus siglas internacionales, WWF. La finalidad de esta etiqueta es asegurar que los productos provenientes de los bosques han tenido una adecuada gestión forestal, a las que le imprimen el logo de certificación una vez inspeccionados todos los elementos que han formado parte de su proceso de producción, es decir, una vez realizado el seguimiento a los productos, desde el bosque a su puesta en venta. Cualquier producto hecho con maderas procedentes de estos bosques debe haber pasado estos controles para poder lucir la etiqueta. Por utilizar el ejemplo que comentaba anteriormente, desde el bosque hasta el mueble todo debe tener la misma garantía.
La otra etiqueta que comentaba es muy similar, aunque el destino final sea tan diferente como la alimentación (salvo que se sea una termita claro está). Se trata de la certificación MSC (Marine Stewardship Council), que certifica que el producto que compramos proviene de pesquerías sostenibles. Fundada seis años después, también con la implicación directa de WWF con el objetivo de encontrar una solución al problema de la sobreexplotación de los recursos pesqueros. Actualmente está compuesta por diversas organizaciones en todo el mundo, tanto sin ánimo de lucro como privadas que tiene ese como su principal objetivo. La certificación sigue los consejos de la FAO, que requiere que las evaluaciones sean llevadas a cabo por certificadores independientes y por terceras partes. Se trata de un programa al que se adhieren voluntariamente las empresas de productos pesqueros, en el que se busca la sostenibilidad de las pesquerías, para obtener esta certificación a través de los estándares que propugna MSC. Se cumplen así los requerimientos más elevados a nivel mundial en cuanto a certificación y ecoetiquetado.
A modo de reflexión en este apartado quiero hacer las observaciones siguientes: somos el quinto país del mundo en consumo de pescado, según la FAO más del 32% de las poblaciones especies marinas están sobreexplotadas (no hablemos de nuestro querido Mare Nostrum) y que el pescado representa entorno al 15% de las proteínas animales para más del 4.300 millones de seres humanos. Aunque me gustaría, no voy a comentar sin embargo el impacto que las políticas pesqueras de los países "desarrollados" tienen sobre las economías locales de los que han empobrecidos durante décadas. Ese sera tema para otra entrada.
Como no hay dos sin tres, y no pensaba sino mostrar algunos ejemplos de estas buenas prácticas de producción para nosotros los consumidores, he dejado para el final el certificado UTZ, que se organiza a través de un programa de sostenibilidad para el cacao, el café y el te. Mediante la garantía que representa esta etiqueta, los agricultores pueden mejorar su productividad con calidad y eficiencia, cuidando a las personas y el medio ambiente. Esto les permite producir volúmenes mayores a un precio menor, lo cual incrementa la calidad de vida de las comunidades agrícolas y contribuye a preservar sus recursos naturales.

El sistema para obtener la certificación es muy similar a los dos anteriores, realizándose seguimientos de toda la cadena de producción basado en la aplicación de su Código de Conducta, conjunto de criterios reconocidos a nivel internacional para producir de manera responsable estos productos, desde el punto de vista social, económico y medioambiental, es decir sostenible.
Como he intentado reflejar en esta entrada, deberíamos preguntarnos más a menudo de donde proceden los artículos que consumimos y que coste social y ambiental tiene su producción y manejo. He hablado tan solo de tres, una pequeña muestra de los que existen y a los que afortunadamente, aunque muy lentamente, se van sumando otros.
Para finalizar podríamos plantearnos lo siguiente, que una vez tengamos la mesa hecha con madera ecocertificada, nos sentemos a degustar un agradable plato de pescado o marisco capturado mediante técnicas que garanticen su continuidad como recurso para todos, para finalmente acabar saboreando un buen postre de chocolate, acompañado por el excelente aroma del café o te que ha sido cultivado, recolectado y comercializado de forma sostenible. Todo pensando en nuestra aportación al bienestar del planeta y sus moradores, todo pensado para el mejor presente y futuro de todos.
Entonces, ¿merece o no la pena darle la vuelta y mirar la etiqueta?. Votemos otro mundo con nuestro consumo, vota con tu compra.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Húmeda realidad
Hace
alrededor de diez años, tuve la inmensa fortuna de recorrer uno de los más
grandes, biodiversos y espectaculares humedales del mundo, el Delta de río
Okavango. Situado en Botsuana, cubre una superficie de
entre 15.000 y 22.000 km² durante las crecidas, lo que representa casi la
mitad de la extensión de un país como Suiza. Su riqueza natural es difícil de
imaginar, casi toda la fauna emblemática de África (y alguna única como el
licaón) tiene allí su representación, con una singular peculiaridad, han de
convivir de forma casi anfibia durante los momentos de mayor inundación, que durante las crecidas llega a cubrir el
70% de su territorio. Un ejemplo es que allí existe la única población de leones nadadores, ya que se ven forzados a entrar en el agua para poder
dar caza a sus presas. Otra indescriptible peculiaridad, casi única de esta
geografía salvaje es que este delta, no se halla en el mar, sino en el desierto
del Kalahari. Algunos de sus pobladores humanos son también únicos, como los
San o Basarawa, una de las tribus más antiguas del planeta.
La razón por la que cuento esto es porque, hace
poco se celebró el día de los humedales, para recordarnos que este ejemplo de
riqueza sin igual que acabo de comentar tan someramente, como la mayoría de los
humedales de este planeta, se encuentra amenazado. Probablemente, por encima de
cualquier análisis cuantificador de impactos, quizás sea, simplemente porque
son los últimos territorios indomables, algo que a nuestra destructora especie
le cuesta aceptar, al menos al Homo
occidentalis.
Los pantanos, ciénagas o humedales como en
tiempos recientes se les denominó, los grandes, son territorios casi
indomesticables. A caballo entre la tierra y el agua, a veces secos y otras
rebosantes de agua, son lugares que el hombre durante siglos ha temido y a la
vez ha sabido sacar provecho de su sin igual patrimonio vital. Muchas
poblaciones humanas aún dependen de esta enorme riqueza para su subsistencia.
Los humedales son su despensa, su farmacia y su almacén de agua, todo lo que
necesitan para vivir lo encuentran allí. La vida en ellos es estacionalmente
cambiante, hay especies animales que los visitan temporalmente y especies
sedentarias. A veces parecen desparecer, pero la llegada de las lluvias les
hace hervir de vida, casi milagrosamente. La vida del ser humano por ello se
hace dura también, hay que resistir su inclemente ritmo, la pura adaptación al
medio hace a sus pobladores diferentes a otros hábitats, cualquiera que conozca
estos entornos sabe de que hablo. Es algo que trasciende latitudes. La
naturaleza impone la flexibilidad ecológica en todas sus facetas y eso, no
gusta porque es difícil de rentabilizar para el destructor sistema económico
que impera en el mundo.
A diferencia de los ríos, que en nuestro afán por
controlarlo todo, hemos domesticado con presas y embalses, los humedales
sencillamente se nos escapan, parecen desafiarnos, y ya sabemos que le ocurre a
todo lo que así interpreta nuestra especie. Casi no hay término medio, los
drenamos y secamos o permitimos que se conserven, eso sí, sólo una parte
representativa. Lo tremendo es que siendo los ecosistemas terrestres de mayor
productividad, cumpliendo funciones esenciales de regulación y abastecimiento
hídrico y demostrado una y mil veces que su sustitución por cualquier otra función
productiva es al lado de la natural, sencillamente ridícula, se sigan
destruyendo. Se calcula que actualmente ha desaparecido la mitad de su
superficie en el planeta. Su pérdida es silenciosa. Drenados, convertidos en
basureros o cloacas, piscifactorías, arrozales o sepultados bajo el hormigón,
desaparecen sin que nos demos cuenta.

Su pérdida no importa en los tableros bursátiles o tal vez sí, pero para el beneficio de unos pocos que con grandes planes de “desarrollo” obtienen también grandes fondos de inversión para, paradójicamente, hacerlos “productivos”, o eso dicen. Es el sueño de los ingenieros del FMI que siembran el mundo con sus megaproyectos, la inmensa mayoría de los cuales fracasan, o bien únicamente benefician a una élite local o minoría frente a la mayoría, que se ve obligada a abandonar, cortado el cordón umbilical que le unía a su tierra y su ancestral cultura.
Su pérdida no importa en los tableros bursátiles o tal vez sí, pero para el beneficio de unos pocos que con grandes planes de “desarrollo” obtienen también grandes fondos de inversión para, paradójicamente, hacerlos “productivos”, o eso dicen. Es el sueño de los ingenieros del FMI que siembran el mundo con sus megaproyectos, la inmensa mayoría de los cuales fracasan, o bien únicamente benefician a una élite local o minoría frente a la mayoría, que se ve obligada a abandonar, cortado el cordón umbilical que le unía a su tierra y su ancestral cultura.
Ejemplos de esta agonía los vemos por todo el
planeta, pero no hay que ir muy lejos para encontrarnos de bruces con la cruda
realidad. Podemos echarle la culpa al cambio climático, pero hace mucho que ya
le adelantamos el trabajo aquí.
La laguna gaditana de La Janda es un ejemplo de ello. Hasta los años 50 en que se inició su desecación, constituyo el mayor humedal interior de Europa. Otro tanto ocurrió con la enorme extensión que ocupaban las marismas del Guadalquivir, donde la zona inundable de Doñana, hoy no llega a alcanzar ni la cuarta parte de lo que antaño ocuparon estas tierras salvajes del sur. Y que decir de las Tablas de Daimiel…, sí mejor no hablar…
La laguna gaditana de La Janda es un ejemplo de ello. Hasta los años 50 en que se inició su desecación, constituyo el mayor humedal interior de Europa. Otro tanto ocurrió con la enorme extensión que ocupaban las marismas del Guadalquivir, donde la zona inundable de Doñana, hoy no llega a alcanzar ni la cuarta parte de lo que antaño ocuparon estas tierras salvajes del sur. Y que decir de las Tablas de Daimiel…, sí mejor no hablar…
No hacen falta cifras, cuando uno recorre estas
tierras ya drenadas convertidas en zonas de cultivo en su mayor parte, no deja
de sentir el latido nostálgico de lo que debió suponer la contemplación de su
espectacular belleza. Imaginar al ser humano obteniendo lo que necesita de los abundantes
recursos que estos espacios poseen, es algo que ya sólo podemos alimentar a
través de la lectura de los libros de historia y antropología o si tenemos la
suerte de conversar con alguno de sus pobladores supervivientes, ya muy ancianos.
Tenemos los testigos en el paisaje transformado, aprendamos de ello.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La penultima...
Tan pronto como aprendemos un nuevo palabro derivado del mundo anglosajón, nos viene otro encima que nos vuelve a enredar para quedarse. En este caso, por desgracia no es un añadido que únicamente contamina nuestra lengua, sea cual sea la que se hable en este país, sino que lo hace también con nuestro maltratado medio ambiente. Me estoy refiriendo al fracking, que es el término con el que se refiere a la penúltima técnica que se empieza utilizar para seguir destruyendo y contaminando nuestro territorio natural. En esencia el fracking consiste en fracturar (fácilmente deducible por su nombre) la roca madre sobre la que se asienta todo, fundamentalmente compuesta de pizarras y esquistos, para extraer el gas que está atrapado en ella. El método no puede ser más bestia, se utiliza una técnica de perforación mixta: en primer lugar se perfora hasta 5000 metros en vertical y después se perfora varios kilómetros en horizontal (2 a 5). A continuación, se inyecta agua con arena (98%) y una serie de aditivos químicos (2%) a gran presión. El resultado es que la roca se fractura, liberando el gas que contiene ascendiéndolo hasta la superficie a través de un pozo. El proceso se repite hasta que se ha extraído todo el gas de la veta rocosa. Hasta ahí, como siempre, aparentemente algo “inocuo” según sus defensores, pero parte de la mezcla inyectada vuelve a la superficie, en concreto entre un 15 y un 85%.
Pero ¿Cuáles son las consecuencias que todo este proceso acarrea?. Para empezar diré que esta técnica no tiene nada de novedosa, lleva años aplicándose en países como Estados Unidos y como siempre, ellos ya han sentido en sus “carnes” los efectos, así que como siempre también los desoiremos en esta ocasión. Los principales problemas que se han detectado en el uso de esta técnica en las zonas donde se lleva a cabo se pueden resumir en contaminación de las aguas superficiales y subterráneas, contaminación del aire, afecciones a la salud humana, alteraciones del paisaje y el terreno, contaminación de suelos al cerrar los pozos e incluso en zonas sensibles, riesgo sísmico.
Si sólo pensamos en el riesgo de contaminación de los acuíferos, estamos hablando de que en nuestro país alrededor de un 30% de la población se abastece de agua de estas zonas. Pensemos que retornar a su estado original un acuífero es en la práctica imposible o al menos hoy por hoy inviable económicamente, con lo que en términos reales estamos poniendo en manos de intereses privados ajenos a este recurso vital, el capital hídrico del que habremos de tirar para abastecernos ante el escenario climático que se nos avecina.
Ante este nuevo despropósito yo me pregunto, ¿de verdad necesitamos recurrir a este sistema a todas luces insostenible, en lugar de apostar por los ilimitados recursos energéticos que nos proporciona abundante y limpiamente la naturaleza? Es como si viviéramos al borde de un inmenso lago de aguas cristalinas y nos empeñáramos en construir una fábrica de refrescos para mitigar nuestra sed, cuyos desechos sin depurar los vertiéramos a ese mismo lago. Demencial.
Echa
d un vistazo a esto
El infierno del fracking (I y II)
http://www.youtube.com/watch?v=0RvSj_DI8MI
http://www.youtube.com/watch?v=n7GIK5SVreQ
y a esto...
Echa
d un vistazo a esto
El infierno del fracking (I y II)
http://www.youtube.com/watch?v=0RvSj_DI8MI
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